24 de octubre de 2010

EMOCIONES DESTRUCTIVAS – Parte XVII - DANIEL GOLEMAN

Los efectos cerebrales de la compasión

Francisco Varela reorientó nuevamente el debate hacia la visión de la neurociencia esbozada el día anterior por Richard Davidson.

–Existe una faceta muy interesante de la práctica de la compasión en la que uno se pone en el lugar de los demás utilizando la imaginación para evocar una emoción que, al comienzo, tal vez resulte un tanto artificial, pero que, finalmente, acaba tomándose muy familiar. Cada vez hay más pruebas de que la percepción y la imaginación son dos funciones mentales estrechamente relacionadas. Por supuesto, podemos diferenciarlas, pero existe un gran solapamiento entre la imagen mental y la percepción de una determinada situación.

En consecuencia, uno puede aprender a utilizar la imaginación para modificar su propio funcionamiento fisiológico. Y esto es algo que se asienta en los recientes descubrimientos realizados por la neurociencia que evidencian la plasticidad del sistema nervioso. Veamos un solo ejemplo: Recientemente, los entrenadores deportivos han desarrollado técnicas para el adiestramiento estival de los esquiadores haciéndoles imaginar que están descendiendo una pendiente. Se trata de un método que tiene resultados muy concretos ya que, cuando finalmente se ponen los esquís, queda pa–tente la mejora de su desempeño. Y lo mismo ocurre también con el cultivo de la compasión.

–¿No pone acaso esa eficacia de relieve –sugerí entonces– la presencia de un cambio neuronal? Neurológicamente hablando, el ejercicio sostenido acaba estableciendo un hábito que modifica el sistema de circuitos cerebrales hasta conseguir que el objetivo deseado –la ecuanimidad o la compasión, por ejemplo– acabe convirtiéndose en una realidad. Y, sabiendo que su investigación era, en este sentido, sumamente relevante, pregunté directamente a Richie: ¿Es así como funciona?

–Sr –respondió Richie–. Los comentarios realizados por Matthieu al respecto el otro día fueron muy claros. Cuando emprendemos este tipo de práctica estamos generando un estado provisional de compasión u otras emociones positivas, pero la práctica sostenida acaba convirtiéndolo en un estado de ánimo y hasta en un temperamento, en cuyo momento queda pa–tente que la modificación de una parte de nuestro cerebro ha terminado convirtiéndose en un estado relativamente permanente.

Francisco citó, entonces, el descubrimiento de que el entrenamiento musical amplía ciertas regiones cerebrales o, dicho en otras palabras, que practicar con el violín aumenta tanto el número como la conectividad de las células implicadas en el desempeño musical.' Y ese comentario alentó a Richie a exponer al Dalai Lama un estudio sobre los taxistas de Londres que. Acababa de ser publicado en la prestigiosa revista Nature.'

–La reciente investigación ha puesto de relieve que las regiones cerebrales responsables de la orientación espacial de los taxistas se vieron claramente fortalecidas tras los primeros seis meses de conducción por las calles de Londres.

El Dalai Lama recordó, entonces, algunos textos budistas tradicionales que describen los estadios progresivos del dominio de la práctica meditativa que tenían que ver con este tipo de explicaciones. Todo empieza con la comprensión intelectual superficial de las palabras y de su significado, por ejemplo, la compasión. La reflexión sostenida permite que esa comprensión vaya profundizándose hasta que la persona acaba dominando intelectualmente el concepto y pueda aplicarlo con éxito a través del ejercicio meditativo. Es posible pues que, al comienzo, la evocación de la compasión exija un esfuerzo deliberado y se experimente como algo un tanto artificial, pero, en la medida en que la práctica va madurando, la compasión acaba brotando de manera natural y espontánea sin necesidad de realizar esfuerzo alguno.

Estos estadios son los estadios de la comprensión o sabiduría derivados de la escucha, la reflexión y la meditación –concluyó.

–Esa familiarización y falta de esfuerzo –señaló entonces Francisco al Dalai Lama ponen también de manifiesto que nuestro cuerpo ha experimentado una auténtica transformación neurológica, una transformación que nos ha convertido en personas diferentes. Así es como la familiaridad acaba provocando cambios permanentes en la estructura de nuestro cerebro.

–La tradición budista –añadió entonces Jinpa ilustra esta familiarización con la metáfora del agua vertida en agua que luego resulta imposible de separar.

El cultivo de la amabilidad

–Mark ha señalado un punto que me parece muy importante –comenté–, y es que el primer aprendizaje es el más sencillo, mientras que el aprendizaje posterior –el reaprendizaje requiere un esfuerzo mucho mayor. ¿Es posible enseñar a los niños a establecer por vez primera estas pautas de conexión neuronal? Tal vez, Mark pudiera comentarnos la interacción que existe entre este tipo de aprendizaje temprano y el desarrollo de las regiones cerebrales implicadas en la regulación de la emoción de las que nos habló Richie. Me refiero, claro está, a la región prefrontal, la amígdala y el hipocampo que, como usted ha dicho, son las más sensibles al aprendizaje y la experiencia.

–Son muchas –comenzó Mark– las investigaciones realizadas sobre el desarrollo del lóbulo frontal durante la infancia temprana e intermedia. Todavía no entendemos muy bien los resultados de esos experimentos, pero ocurre aquí lo mismo que sucede cuando empiezan a desarrollarse en el cerebro el autocontrol y el uso del lenguaje para hablar con uno mismo. Es entonces cuando se ponen en marcha todos estos mecanismos cerebrales.

Veamos algún ejemplo. Anoche recibí un correo electrónico enviado por una maestra con quien hemos empezado a trabajar en la adaptación de nuestros métodos en niños de entre tres años y medio y cuatro años. La maestra, que trabaja con niños pobres en un programa de Head Start, acaba de enseñarles el cuento de la tortuga. Según me dijo, la semana pasada visitó el hogar de tres de ellos, y, sin excepción alguna, todos los padres le dijeron que sus hijos hacían espontáneamente la tortuga en casa, como si se tratara de algo natural. -Una de las madres llegó incluso a decirle que, cierto día en el que estaba muy nerviosa, su hija de tres años y medio le propuso "que hiciera la tortuga"!

Me parecen muy adecuados tus comentarios, Dan, y creo que tiene mucho que ver con lo que ha nos explicado Matthieu acerca del cultivo de la amabilidad. Según dijo, la cultura tibetana se preocupa mucho por no matar ni siquiera una mosca algo que, francamente, no es muy habitual en Estados Unidos.

–Hace sólo unos instantes, Su Santidad nos ha hecho una demostración palpable de esa actitud –dije entonces, refiriéndome a una situación en la que había estado implicado el Dalai Lama que ilustraba perfectamente la compasión espontánea. El caso es que, durante su intervención, advirtió que un insecto diminuto estaba reptando por el brazo de su silla. Entonces hizo una pausa, se inclinó para mirarlo, lo apartó amablemente de un golpecito con un pliegue de su ropa y luego se inclinó para ver dónde había caído. Al advertir que todavía estaba en la silla, lo cogió con delicadeza, mientras Thupten Jinpa seguía traduciendo sus palabras, y se lo pasó al joven monje que estaba junto a él, quien lo sacó al jardín y lo liberó.

–Temía –explicó entonces el Dalai Lama, con su característica sonrisa aplastarlo inadvertidamente y acumular así un karma negativo innecesario. El insecto tenía una pata rota y no parecía hallarse en muy buen estado, de modo que me ocupé de que no sufriera ningún daño. -Pero hoy estoy de buen humor porque, en caso contrario...! –bromeó, dando una palmada sobre el brazo de su silla como si aplastara al insecto, despertando la risa alborozada de todos los presentes.

–Creo que fue Owen –seguí– quien dijo que, cuando la gente está de buen humor, es más altruista. Usted nos acaba de hacer una demostración práctica –y entonces fue Su Santidad quien se rió.

–Cuando esa actitud se convierte en un temperamento uno está siempre de buen humor –añadió Richie.

–¿Cómo podríamos, pues –pregunté–, educar a los niños para que siempre estén de buen humor y se comporten como lo ha hecho Su Santidad?

–En ocasiones –dijo entonces Mark–, cuento a los maestros una historia sobre dos hermanos, uno de los cuales siempre estaba contento, mientras que el otro no lo estaba nunca. Una mañana de Navidad, ambos recibieron sus regalos y se fueron a jugar con ellos a su habitación. El que nunca estaba satisfecho tenía un ordenador nuevo, un montón de juegos y un pequeño robot, pero cuando su padre le preguntó si estaba contento, respondió: " No. Ahora despertaré los celos de los demás niños, las pilas se agotarán y tendré que comprar otras nuevas, etcétera".

El otro, que únicamente había recibido estiércol de caballos, jugaba alegremente y, cuando su padre le preguntó: "¿Por qué estás tan contento?", respondió: "-Porque en algún lugar debe haber un caballo!" Es muy interesante –concluyó Mark– que los niños desarrollen una actitud positiva y optimista, una actitud, por otra parte, muy importante para el budismo.

Contrarrestando la crueldad

–El primer acto de crueldad –dijo entonces Paul, dirigiendo nuestra atención hacia el aprendizaje de las conductas negativas es el más difícil. Pero la acumulación de actos crueles acaba modificando el funcionamiento cerebral y convirtiéndose en un temperamento. A partir de ese momento, uno se comporta cruelmente sin reserva ni remordimiento alguno. Y, lamentablemente, ello ocurre más veces de las que sería deseable.

¿Qué podemos hacer cuando nos encontramos con alguien que ya se ha instalado en la crueldad y no duda en utilizarla contra usted o contra cualquier otra persona? ¿Cómo podríamos alejar a esa persona de la crueldad?

–Eso depende del contexto –respondió el Dalai Lama. En cualquier situación concreta uno tiene que preguntarse si puede hacer algo o no. Lo primero que debería tener en cuenta –teóricamente al menos es si cree que existe alguna posibilidad de utilizar medios pacíficos. En tal caso, por ejemplo, podría apelar a la razón para disuadir a esa persona.

Permítanme que vuelva a ponerme, por un momento, en la perspectiva budista. Existen cuatro formas de actividad iluminada en las que puede implicarse un bodhisattva. La primera de ellas es la pacificación, en la que usted trata de calmar una determinada situación apelando a la palabra, la razón, la amabilidad, etcétera. En el caso de que esa alternativa no funcione, habría que recurrir a la segunda opción, que es un poco más fuerte y consiste en darle algo a la persona –un conocimiento o algo tangible que provoque una cierta expansión y sirva para encauzar nuevamente las cosas.

Si esa alternativa tampoco funciona, podemos entonces pasar a la tercera opción, que implica el uso del dominio o del poder para doblegar a una persona, un grupo, un país, etcétera. Y, en las situaciones en las que ni siquiera esto es posible, puede apelarse incluso a la violencia. Uno de los cuarenta y seis preceptos secundarios del bodhisattva le compromete a recurrir incluso, cuando la situación así lo exija, al uso de la fuerza movilizada por el altruismo. Existe, pues, un tipo de compasión airada que puede ser violenta y que, teóricamente hablando, es permisible si se deriva de la compasión.

En la práctica, sin embargo, ese tipo de acción es muy difícil y sólo está justificada cuando no existe otro modo de transformar la conducta de la persona cruel. No deberíamos olvidar que la violencia genera más violencia y que, una vez que incurrimos en ella, es fácil que las cosas se nos escapen de las manos. Es mucho más recomendable esperar y ver qué es lo que ocurre. Tal vez, en esas circunstancias, baste con una plegaria o con un mantra y, si nada de ello funciona, quizás debamos incluso alzar la voz –agregó con una sonrisa.

Éstas son las alternativas de que dispone el bodhisatva que todavía está en el camino y tiene que recurrir al ensayo y al error, sin conocer exactamente de antemano lo que más conviene a cada situación. Los budas, sin embargo, no tienen que moverse a través el ensayo y del error porque saben de manera inmediata y cierta lo que deben hacer. Pero ninguno de nosotros –advirtió– ha alcanzado todavía ese nivel y aún estamos muy lejos del "camino del bodhisattva.

–¿Acaso –preguntó Paul resulta la crueldad más difícil para alguien que emana bondad?

–Así es, hablando al menos en un sentido muy general –respondió el Dalai Lama. Con cierta frecuencia cito una frase del Bodhicaryavatam, según la cual es mucho más sencillo el cultivo de la generosidad que el de la paciencia o el de la tolerancia. A fin de cuentas, todos disponemos de muchas más ocasiones de demostrar nuestra generosidad (porque todo el mundo está dispuesto a aceptar nuestros regalos) que de ejercitar la paciencia y la tolerancia (que sólo pueden ser cultivadas cuando tropezamos con la adversidad, con un enemigo y con la crueldad).

El autor de ese libro, Shantideva, se alienta a sí mismo y a sus lectores diciendo algo así como que, cuando advirtamos la presencia de alguna crueldad, deberíamos responder con fiero (el gozo de afrontar un reto), porque nos brinda la oportunidad de cultivar la paciencia, una oportunidad que, como ya hemos dicho, no es muy frecuente. Cuando usted no inflige daño a los demás, es menos probable que se inflija daño a sí mismo y, cuanto más se halle en este camino, menos serán sus enemigos.

–Cierto día –intervino entonces el venerable Kusalacitto, comentando una historia procedente de los sutras pali, el Buda se encontró con un domador de caballos y le preguntó: "¿Cómo enseñas a los caballos?"

–Yo divido a los caballos en tres tipos –respondió el domador. Los del primer tipo son los que más rápidamente aprenden, son caballos que se ponen a correr con sólo enseñarles el látigo. Los caballos del segundo tipo, por el contrario, sólo corren cuando prueban varias veces el sabor del látigo. Los caballos del tercer tipo son los más difíciles porque, por más que los fustigue, siguen tumbados sin inmutarse.

–"¿Y qué es lo que hace con estos últimos?" –Preguntó entonces el Buda, a lo que el domador respondió–: "Con ellos no merece la pena perder el tiempo".

El Buda concluyó esa historia diciendo que lo mismo sucede con los seres humanos. Hay personas que pueden ser entrenadas y otras que no, y que sólo es posible ayudar a aquellas a quienes su karma previo lo permite.

Richie Davidson señaló, entonces, ciertos estudios que parecen sugerir la posibilidad de ayudar incluso a algunos casos aparentemente deshauciados, como el de los psicópatas criminales:

–En Estados Unidos se han llevado a cabo varios estudios científicos con psicópatas encarcelados por actos de extrema crueldad. Los psicópatas se caracterizan por centrar tanto su atención en las cosas que desean –en el objeto de su deseo que son incapaces de reparar en las consecuencias negativas de sus actos.

Pero la investigación de la que estoy hablando ha puesto de relieve que, si se les enseña a desarrollar la paciencia y a hacer una pausa, pueden cobrar conciencia de las posibles consecuencias negativas de sus actos y experimentar una franca mejoría. Y las pruebas realizadas a este respecto con convictos de asesinato evidencian que esa mejora no exige mucho tiempo. Todo ello sugiere la posible existencia de métodos que todavía no hemos experimentado sistemáticamente, pero que valdría la pena intentar, aun en poblaciones tan embrutecidas y difíciles como las que hemos comentado.

Los antídotos de la crueldad: la empatía y la serenidad amorosa

Matthieu volvió, entonces, a la pregunta de Paul acerca del mejor modo de relacionarse con la persona cruel y dijo:

–Uno necesita dos manos para aplaudir y también son necesarios dos contrincantes para pelearse. Si uno no quiere, es imposible luchar con él. Ya sé que resulta difícil juzgar en libros y biografías, pero existen muchas historias de meditadores y ermitaños del Tíbet que se encontraron con bandidos y hasta con animales salvajes. Parece que, cuando un bandido se encuentra con alguien muy sereno y amable, su agresividad acaba apaciguándose, como cuando echamos agua fría en un recipiente de agua hirviente. Existen muchas historias de este tipo y no todas ellas deben de ser meras patrañas.

–¿Acaso su trabajo le ha sugerido la existencia –preguntó Jeanne Tsai a Paul de expresiones faciales o posturas corporales capaces de desarmar a una persona agresiva?

Después de reflexionar unos instantes, Paul comentó que no recordaba nada parecido.

–Creo –dijo que las personas crueles no son sensibles al sufrimiento ni al miedo de los demás, como si los despersonalizasen. Se trataría, por tanto, de hacerles sentir que están tratando con seres humanos. Tengamos en cuenta que quienes se comportan cruelmente dicen no percibir el dolor de los demás. Pero lo más sorprendente es que, por otro lado, hasta pueden llegar a ser buenos padres de familia. Así pues, la plasticidad cerebral también tiene un aspecto negativo, porque uno puede acabar aprendiendo a no considerar a las personas como tales.

–La investigación realizada con torturadores de regímenes dictatoriales de Latinoamérica y Grecia –señalé entonces, recordando ciertos estudios ha puesto de relieve que los verdugos tuvieron que atravesar un largo y metódico proceso de adoctrinamiento. Ese proceso empieza despojando a sus víctimas de cualquier cualidad humana y considerándolas como la encarnación misma del mal. El primer paso, pues, consiste en insensibilizarse hasta el punto de no considerar a la otra persona como un ser humano –o, como señaló Paul–, en despersonalizarlos. Luego incurren en actos que, al comienzo, resultan muy desagradables, pero cuya repetición acaba insensibilizándoles. Y, obviamente, ese proceso no deja de tener sus correlatos cerebrales.

–Todos ustedes –retomó Matthieu, desde otra perspectiva conocen la historia de los niños soldados de África que se ven obligados a asesinar a alguien para romper su resistencia al ejercicio de la violencia. También habrán oído historias de personas normales y corrientes que se vieron obligadas a trabajar en campos de concentración. Muchos de ellos dijeron que, los primeros días, no dejaron de llorar, pero que, al cabo de pocas semanas, acabaron anestesiándose ante el sufrimiento ajeno.

–También podemos mencionar la historia –señalé, ilustrando el camino que conduce desde la falta de empatía hasta la crueldad del hombre encarcelado en una prisión de California por haber matado a sus abuelos, a su madre y a cinco chicas que estudiaban en la University of California. Cuando, en cierta ocasión, mi cuñado le entrevistó para un proyecto de investigación y le preguntó: "¿Cómo pudo usted hacer eso? ¿No sintió acaso compasión por sus víctimas?", respondió con completa indiferencia: "Por supuesto que no. ¿Cree usted que, de haber percibido su sufrimiento, hubiera podido cometer semejante barbaridad". La clave, pues, de su crueldad parecía residir en no sentir nada por sus víctimas.

–Yo creo –concluí que la enseñanza temprana de la empatía es muy importante para el programa del que estamos hablando, aunque sólo sea como una vacuna para impedir la emergencia de la crueldad en etapas posteriores de la vida.

El Dalai Lama centró, entonces, su atención en el cultivo de la empatía. Su respuesta echó luz sobre una de las razones por las que solía expandir el debate hasta incluir a los animales y que le llevaron a ser tan solícito con el pequeño insecto que había descubierto en su silla.

–Una forma de desarrollar la empatía –comentó– consiste en prestar atención a pequeños seres sensibles como las hormigas y los insectos. Debemos reconocer que ellos también desean encontrar la felicidad, experimentar el placer y liberarse del sufrimiento. Convendría, pues, empezar prestando atención a los insectos y sentir empatía por ellos, pasar luego a los reptiles e ir así incluyendo sucesivamente al resto de los animales, hasta llegar a englobar a los seres humanos, Quienes se niegan a reconocer que hasta los insectos tratan de alcanzar el placer y evitar el dolor suelen también desentenderse y mostrarse indiferentes ante el sufrimiento de un pájaro, de un perro y hasta de un ser humano. Esa insensibilidad nos lleva a desdeñar el dolor de los demás y a preocuparnos exclusivamente por lo que nos daña a nosotros.

La sensibilidad al dolor y al sufrimiento de los animales –prosiguió el Dalai Lama depura nuestra sensibilidad y desarrolla nuestra empatía hacia los seres humanos. Cierta expresión budista afirma que todos los seres han sido "nuestras madres". Es importante, pues, el modo en que nos relacionamos con los demás seres vivos. –Y todo eso tiene mucho que ver –terció Mark– con los problemas que aquejan a Occidente. En el pueblo donde habito, por ejemplo, la escuela cierra el primer día que se levanta la veda para que todo el mundo –incluidos los niños pueda ir de caza. Las ideas, por tanto, que estamos exponiendo, tropezarían con la oposición directa de cerca del 40 por ciento de los varones de la zona rural en la que vivo.

–Y lo mismo podríamos decir de la pesca –añadió el Dalai Lama.

–Me pregunto cuál podrá ser el mejor modo de abordar este conflicto de valores –subrayó Mark.

–Resulta casi inconcebible –comentó el Dalai Lama pensar que, en algún momento, pueda prohibirse la caza deportiva –o la pesca en todo el mundo.

Owen volvió, entonces, a mi pregunta inicial sobre el cultivo de las emociones positivas y dijo:

–Hoy estoy más convencido de lo que lo estaba el primer día, cuando hablamos de ética con Su Santidad. Las emociones constituyen una pequeña pieza del rompecabezas que contribuye a convertirnos en buenas personas, llevar una vida digna y educar niños compasivos, amables y no violentos. En este sentido, el trabajo que Mark nos ha presentado me parece de capital importancia. Hemos hablado de plasticidad y del modo en que podemos enseñar a las personas adultas como nosotros a cambiar, y todos hemos coincidido en que no resulta nada sencillo. Cierto refrán inglés afirma que no es posible enseñar nuevos trucos a un perro viejo, pero no creo que sea literalmente cierto. En cualquiera de los casos, sin embargo, me parece muy prometedor el tipo de intervención mencionada por Mark.

He elaborado una lista de algunas de las principales virtudes y estados mentales sanos, entre las que cabe destacar la rectitud (o justicia), el amor (o caridad), la paciencia, la compasión, la generosidad, la gratitud, la tolerancia, el valor, la honradez y el conocimiento de uno mismo. También hay que tener en cuenta principios como el que afirma que uno debe tratar a los demás como quiere ser tratado y reconocer que cualquier ser humano vale tanto como uno mismo. Las cosas de las que Mark ha estado hablándonos esta mañana permiten que hasta los más jóvenes puedan disfrutar de una vida más positiva. De algún modo, aquí estamos tratando con la filosofía de la moral y aspiramos a promover una ética secular.

El Dalai Lama asintió con la cabeza pero, aun así –como más tarde me dijo– sentía una cierta reserva a esbozar propuestas en términos morales, porque son muchas las personas que desconfían de todo lo que despierte resonancias morales. Es cierto que algunas personas se sienten atraídas por ese tipo de cuestiones, pero no lo es menos que se trata de un grupo muy reducido, y de que la inmensa mayoría desdeña todas esas cuestiones como un lujo y una molestia innecesaria. Y es que esforzarse en ser una persona íntegra no parece tan atractivo como, pongamos por caso, invertir el mismo esfuerzo en convertirse en una persona sana.

Sería mucho más adecuado, por tanto, formular nuestras propuestas en términos de necesidad, puesto que nadie se niega a estar sano o feliz. La causa de que muchas personas se hayan orientado hacia el yoga no se asienta tanto en sus beneficios espirituales, como en sus efectos positivos sobre la salud. Por ello, que deberíamos esbozar nuestro programa de cultivo de las emociones positivas en términos de salud y de felicidad.

No convendría, por tanto, mencionar principios morales, éticos o religiosos, sino que deberíamos ofrecer evidencias y análisis científicos de los mejores modos de cultivar las emociones positivas y disminuir el efecto de las destructivas. El Dalai Lama quería evitar que nuestro análisis tuviera un sesgo manifiestamente budista que restringiese su aplicabilidad. Su objetivo aspira a llegar al mayor número posible de personas, ya que todos nos hallamos igualmente a merced de las emociones destructivas y todos, en consecuencia, necesitamos cobrar más conciencia de ellas.

Owen dirigió de nuevo el foco de atención de nuestro diálogo hacia uno de los hallazgos señalados en la presentación de Jeanne Tsai, en concreto, hacia los datos que corroboran la desproporcionada sensación de autoestima de la que suelen hacer gala las culturas individualistas. Entonces dijo:

–Quisiera presentar ciertos datos algo inquietantes sobre el individualismo típicamente occidental. La filosofía mantiene una polémica histórica en torno a la relación que existe entre la virtud y la felicidad, y yo mismo dije el primer día que todos parecían coincidir en que la persona virtuosa es la persona feliz, o, por decirlo de otro modo, que la auténtica felicidad es la que dimana de la virtud.

Promocionar la salud mental supone una aportación muy interesante a esta secular polémica. Tengamos en cuenta que ninguno de los múltiples y variados criterios utilizados por los psicólogos y psiquiatras para determinar la salud mental presta la menor atención a la bondad. Por el contrario, uno de los rasgos distintivos de la salud mental en los que todos parecen coincidir es la comprensión adecuada de uno mismo y del mundo. Dicho en otras palabras, pues, Occidente define a la persona mentalmente sana como aquella que no está sujeta al engaño, es decir, la persona que ve las cosas tal cual son.

Pero resulta que los estudios realizados con estadounidenses ponen de relieve que quienes obtienen una puntuación más elevada en los cuestionarios para determinar el grado de felicidad y de respeto por los demás, son quienes más se autoengañan, es decir, quienes incurren en lo que suele llamarse "ilusiones positivas" y, en consecuencia, existen serias dudas de que las cosas les vayan tan bien como dicen. Son muchos los estadounidenses, por ejemplo, que creen que lo que piensan ellos y sus seres queridos es mucho mejor que lo que piensan los demás, como si fueran más inteligentes. Por esta razón, que tienden a valorar más positivamente su desempeño –al interpretar una determinada pieza musical o al pronunciar una conferencia, por ejemplo que el de los demás.

–Tal vez, los europeos no estarían muy de acuerdo con este punto –dijo entonces el Dalai Lama, riéndose quedamente.

–Excepto en Francia –puntualizó Richie, siguiendo con la broma. –Ésa es la opinión –replicó rápidamente Francisco que tienen muchos europeos de Estados Unidos.

–Pero le contaré un par de descubrimientos más –continuó Owen con una seriedad que no hizo sino provocar más risas– puestos de relieve por varias investigaciones realizadas en Estados Unidos. Supongamos que Richie, Paul, Francisco y yo escribimos un artículo juntos y que, cuando finalmente se publica, todos nos felicitamos y coincidimos en que nuestra participación fue equitativa. Pero resulta que, al cabo de seis meses, alguien le pregunta a Richie cuál fue su grado de colaboración, y él no tiene el menor reparo en afirmar que fue del 33 por ciento... y lo mismo sucedería si le preguntasen a Paul, a Francisco o a mí. Y es que, cuanto más tiempo transcurre, más egoísta parece tornarse nuestra percepción, de modo que, veinte años después, resulta que todos recordamos haber realizado el 75 por ciento del trabajo.

Pero –prosiguió Owen los americanos supuestamente felices y bien ajustados suelen incurrir también en otro tipo de errores. Supongamos que a una persona se le dice que la probabilidad de que la mujer americana padezca de cáncer de mama es de una entre nueve. A pesar de ello, sin embargo, cuando se le pregunta a cualquier americana moderadamente feliz la probabilidad de que contraiga cáncer de mama suele responder algo así como: "Muy baja"... y lo mismo ocurre con los accidentes de automóvil y cualquier otro tipo de enfermedades. Y es que, aun cuando conozcan intelectualmente cuáles son las tasas normales, ese tipo de personas subestima la probabilidad de padecer esas eventualidades. -Y también hay que decir que las estimaciones más realistas –al menos entre los estadounidenses – son las realizadas por las personas moderadamente deprimidas!

Como ha señalado esta mañana Jeanne –concluyó Owen en su presentación de los determinantes culturales del yo, la cultura de Estados Unidos exagera la importancia de la autoestima y nos impide ver las cosas tal cual son. En el encuentro que celebramos el pasado mes de diciembre, Jeanne me mostró los resultados de una reciente investigación llevada a cabo en Japón, según la cual los japoneses también se consideran los más felices y los más virtuosos, aunque sin incurrir en el desmesurado optimismo de los estadounidenses.

–El budismo –puntualizó entonces el Dalai Lama no considera la autoestima como una virtud ni como un bien absoluto. Desde nuestra perspectiva, las personas que poseen una autoestima desproporcionada son proclives a caer en la aflicción mental de la arrogancia, en cuyo caso recomendaría el uso de un antídoto para paliar esa inflación. Si, por el contrario, careciese de autoestima le invitaría a emprender algún tipo de meditación discursiva centrada en el inapreciable valor de la vida humana y de la naturaleza búdica, es decir, de la naturaleza esencialmente luminosa de su conciencia, lo que contribuye de manera muy positiva a aumentar la sensación de autoestima.

Como ya he dicho, la autoestima –prosiguió– no es un bien absoluto y, por tanto, uno debe desarrollarla en el grado justo y equilibrado. Porque hay que decir que el exceso de autoestima, por su parte, alienta expectativas desproporcionadas y nos torna más vulnerables a la desilusión y al desengaño. Es una cadena.

–También convendría puntualizar –señaló entonces Richie otra de las conclusiones de esa investigación; y es que, cuanto más positivas son las emociones implicadas, más probable es que el individuo caiga presa de la ilusión. Pero esta correlación no es perfecta y existe un pequeño porcentaje de personas que presentan una tasa elevada de emociones positivas sin incurrir, no obstante, en la ilusión. Creo que estas últimas son las que más podrian interesarnos, porque se trata de personas que evidencian un grado moderado de autoestima sin perder, por ello, la percepción clara de las cosas.

–Lo que realmente importa –dijo entonces Matthieu volviendo a la práctica espiritual tibetana– es el cultivo de la humildad. Si usted le pregunta a un gran erudito lo que sabe le dirá: «Yo no sé nada». Hay veces en que esta actitud genera situaciones un tanto chocantes como ocurrió, por ejemplo, durante una visita realizada por dos grandes eruditos del Tíbet a Khyentse Rinpoche, uno de los grandes maestros del siglo pasado, a su monasterio del Nepal. Cuando se le pidió a uno de ellos que impartiera alguna enseñanza, respondió: «Yo no sé nada» y luego, dando por descontada la humildad del otro, respondió: «Y éste tampoco».

Luego llegó el momento de la pausa para tomar el té que el Dalai Lama aprovechó para charlar con Mark, invitándole –a él o a alguno de sus colaboradores– a alguno de los encuentros que anualmente realizan en Dharamsala los maestros tibetanos para formarles en los métodos de aprendizaje emocional y social.

¿Qué es la salud?

Después de la pausa para el té, el clima entre los participantes se tomó más distendido, y los diálogos, que antes habían sido más formales y se habían dirigido fundamentalmente hacia el Dalai Lama, se vieron reemplaza–dos por una interacción más directa y espontánea.

–¿Cómo combinaría usted –comencé formulando una pregunta que alguien había esbozado durante la interrupción– lo que ha dicho Jeanne esta mañana con lo que luego nos ha comentado Mark? ¿Cuál cree usted que sería la manera más adecuada de aplicar todos estos descubrimientos al ámbito escolar o a las personas adultas de un modo que reconozcan y respeten las diferencias culturales? Mark ha señalado que, a los niños a los que se aplica este programa, se les dice que no hay que rechazar ninguna emoción pero parece que, desde la perspectiva budista, esto no es así, un ejemplo palpable, a mi juicio, de las diferencias interculturales que existen en la valoración de las emociones. ¿Qué deberíamos hacer, pues, para respetar todas estas diferencias?

–La verdad –respondió Mark– es que, por el momento, lo ignoro. La idea típicamente americana y europea de que conviene expresar las emociones, por ejemplo, puede ser muy válida en nuestra cultura, pero no necesariamente lo es en otras. Y es que debemos reconocer que, de algún modo, todos estos programas constituyen un paliativo artificial de la falta de armonía.

A pesar de ello creo que todo lo que hemos dicho esta mañana –la noción de autocontrol, la necesidad de cobrar conciencia de nuestros propios estados de ánimo y la importancia de la planificación y del uso de la inteligencia es de aplicación universal y que, en el caso de existir diferencias interculturales, serán tan sólo diferencias de matiz.

En PATHS, por ejemplo, un niño distinto asume cada día la tarea de ayudar al maestro, permaneciendo junto a él, ayudándole con la lección, sosteniendo las imágenes, etcétera. Al finalizar el día, ese niño recibe el agradecimiento por el trabajo realizado. En tal caso, el maestro puede decir algo así como: "Hoy me has ayudado mucho", "Has sido muy amable" o, simplemente, "Llevas unos zapatos muy bonitos". Luego el niño selecciona a un par de alumnos y también les elogia públicamente. Por último, todos esos cumplidos son anotados por escrito y remitidos a los padres para que éstos añadan algún que otro cumplido más.

Creo que ésta es una idea muy americana y que, en consecuencia, no puede trasplantarse sin más a las culturas orientales, porque no hay duda de que aumentan la sensación de importancia personal. Se trata de una práctica que hemos llevado a cabo en Holanda, Inglaterra y Estados Unidos con resultados muy positivos, puesto que entusiasma a los padres, quienes no dudan en colgar la carta en un lugar bien visible y dicen algo así como: "Por fin escucho algo positivo sobre mi hijo. Esto le hace tan feliz a él como a todos nosotros". Pero es muy posible que la misma idea resultase embarazosa, o incluso que provocase resultados contraproducentes, en otras culturas.

–Recuerdo que, en la ceremonia de graduación del instituto –dijo entonces Jeanne Tsai, ilustrando el caso con una anécdota personal, el director fue llamándonos uno a uno y enumerando nuestros talentos y logros, de modo que, cuando se hallaban en el escenario, todos mis amigos euroamericanos parecían resplandecer, sonriendo a la audiencia cuando el director señalaba que destacaban en matemáticas, o que pensaban ir a tal o cual universidad.

Cuando llegó mi turno y el director empezó a subrayar mis habilidades, yo permanecí con la mirada clavada en los pies. Me habían enseñado a ser humilde, y eso era lo que estaba haciendo. Entonces me di cuenta de que mis compañeros creerían que miraba hacia abajo porque estaba triste en lugar de orgullosa y, en ese momento, alcé la mirada y empecé a sonreír. Pero luego me dijeron que no habían entendido mi conducta, otro claro ejemplo de las diferencias interculturales.

El Dalai Lama se frotó entonces la cabeza y sonrió en silencio.

–En mi opinión –replicó Mark poniendo en perspectiva la noción de diferencias culturales, aunque se trate de diferencias meramente secundarias, haríamos bien en tenerlas en cuenta si queremos elaborar un programa de aplicación universal.

Como educador estadounidense, Mark se hallaba muy sensibilizado por las cuestiones ligadas a la diversidad cultural. Pero cuando tuvo que aplicar su programa a otras culturas –como Holanda o el Reino Unido, por ejemplo descubrió que muchas de ellas desaprobaban algunos métodos como "demasiado americanos" aduciendo que, en su cultura, no surtirían el mismo efecto. En tales casos, Mark les alentaba a adaptar los programas a sus respectivas culturas aunque, cuando volvía meses después, solía descubrir que estaban aplicándolos tal cual originalmente los había presentado y que, a pesar de ello, parecían surtir los mismos efectos, algo que le llevó a valorar positivamente la insistencia del Dalai Lama en que la universalidad de la experiencia humana no sólo tiene un sentido ético, sino también eminentemente práctico.

Alabanza, amabilidad y aprendizaje eficaz

En un aparte del diálogo, alguien sugirió a Mark la posibilidad –que hoy en día ha terminado integrándose en PATHS de que su programa no se centrase tanto en alabar cuestiones secundarias relativas al aspecto personal, por ejemplo, como en reconocer y honrar adecuadamente las conductas altruistas, es decir, las cosas que el niño pueda haber hecho para ayudar a los demás.

–Me parece una idea muy interesante –dijo y trataré de incluirla en el programa.

–La alabanza –sugirió entonces el Dalai Lama es un método muy eficaz para modificar algunas conductas. Para aumentar la confianza de los niños no conviene tanto señalarles los errores como decirles algo así como: "Eres muy inteligente y serás perfectamente capaz de corregir tal o cual cosa".

Este comentario sorprendió a Mark, que creía que el Dalai Lama desaprobaría los cumplidos como una forma de aumentar la importancia personal del niño, inflar su ego o, al menos, centrar demasiado la atención en sí mismo. Pero Mark descubrió que el Dalai Lama se daba perfecta cuenta de la necesidad de que los niños desarrollen una sana confianza en sí mismos y sientan también adecuadamente valorados sus esfuerzos.

–Cuando un domador trabaja con animales del circo, ya se trate de leones, de tigres y hasta de ballenas –prosiguió el Dalai Lama, subrayando la importancia del refuerzo positivo, no se apoyan tanto en el castigo como en el refuerzo positivo. La verdadera fortaleza de los seres humanos no es tanto física como mental, y, en consecuencia, el modo más adecuado de cambiar a las personas consiste en recurrir a la amabilidad. Así pues, la alabanza contribuye a que el niño se sienta feliz y entusiasta... aunque debo decirles que no tengo mucha experiencia en este sentido, porque ni siquiera he pasado un día entero con un niño -Es muy probable que, en tal caso, acabara tirándole de las orejas! –rió, imitando ese gesto.

–-Recuerde la tortuga! –aconsejé.

–Hay una expresión tibetana que dice: "Si estás enfadado, muérdete los nudillos" –bromeó de nuevo cruzando los brazos y "haciendo la tortuga".

–Son muchos los estudios científicos –añadió Richie que corroboran la eficacia del refuerzo positivo. Y es que la recompensa promueve la retención del aprendizaje mucho más que el castigo.

–Otro estudio realizado hace treinta años en esta misma línea –terció entonces Paul puso de relieve que, cuando la maestra sonríe mientras está en clase, los alumnos recuerdan mejor lo que dice que cuando no sonríe. Por ello, como Su Santidad ha dicho, el cultivo de la amabilidad debe producirse en un contexto igualmente amable. Creo que éste es otro dato de aplicación universal.

–Las emociones destructivas –añadí, refiriéndome a otra investigación parecen interferir con la capacidad de percibir y comprender la información, lo que explica que los niños perturbados presenten problemas de aprendizaje. Por esta razón, que la introducción de este tipo de programas en el ámbito escolar contribuye muy positivamente a que los educadores puedan desempeñar más eficazmente su misión. En este sentido, las evaluaciones realizadas con programas como el de Mark han demostrado que, al cabo de un año o dos, mejoran claramente el rendimiento académico de los alumnos.

Como posteriormente me dijo, este descubrimiento resultó muy interesante para el Dalai Lama. En su opinión, el aprendizaje debe servir para salvar la distancia que existe entre la percepción y la realidad. Tras esa visión filosófica se asienta la noción de que es nuestra ignorancia e incapacidad de percibir la realidad tal cual es la que impide el logro de nuestras aspiraciones. El conocimiento nos permite acercarnos a la realidad y resolver mejor nuestros problemas ya que, como llevábamos debatiendo varios días, muchas de las emociones destructivas obstaculizan nuestra percepción de la realidad. Precisamente por ello, el Dalai Lama consideraba muy positivo que la educación asumiera la idea de que la comprensión de la mente resulta esencial para cualquier proceso de aprendizaje.

Transformando nuestra agenda

Paul preguntó entonces a Mark por las perturbaciones que puede provocar en el hijo una mala relación con sus padres:

–¿Cuál es la eficacia que tienen estos programas con los hijos de padres deprimidos, o de padres que rehúyen el contacto físico, por ejemplo?

–Yo creo –respondió Mark– que éste es un problema de salud pública. Hay niños que poseen un largo historial de lesiones y problemas, cosa que no ocurre con los hijos de padres muy comprensivos, aun en este último caso –cuando no evidencian problemas de conducta, el programa sigue siendo útil, porque les ayuda a pensar más detenidamente en sus dificultades y a expresar sus emociones.

También debo decir que la evaluación realizada al respecto pone de manifiesto que quienes más se benefician no son los niños gravemente perturbados, sino los casos menos graves.

En este sentido, Mark señaló que, si bien los programas de aprendizaje emocional y social ayudan a los niños deprimidos, no suelen ser muy útiles para aquellos cuya conducta es muy descontrolada, ni para aquellos otros aquejados de graves problemas de salud mental que requieren una intervención mucho más individualizada. Tampoco parecen servir gran cosa para quienes presentan graves déficits atencionales (ya sea por daño orgánico o por síndrome alcohólico fetal), niños que tienen muchas dificultades para aprender de la experiencia. Pareciera, pues –resumió–, como si hubiese límites muy claros para lo que puede ofrecernos un modelo de salud pública.

Mark pasó, entonces, a tocar un tema de política educativa, la formación de los maestros:

–La formación de los maestros les obliga a superar cuatro años de estudios universitarios, pero lo más curioso es que, en ninguna parte del mundo, se les somete a un curso que gire en torno a los temas de los que hemos estado hablando. Es cierto que saben elaborar programas educativos, también lo es que suelen conocer la historia de la educación, que saben matemática y ciencias y que, en algunas ocasiones, saben incluso recompensar y castigar adecuadamente a los niños, pero, a pesar de ello, suelen ignorarlo todo sobre el desarrollo emocional. Los maestros, pues, no saben el modo de despertar la atención de los niños y de crear grupos armónicos. Si tuviera que subrayar la principal carencia de nuestro sistema educativo y, en consecuencia, el ámbito en el que nuestros programas pueden resultar más útiles, no dudaría en afirmar que tenemos que enseñarles todas estas cosas a los maestros antes de encomendarles la tarea de hacerse cargo de un aula.

–Esto me parece muy bien –dijo entonces el Dalai Lama porque, en tal caso, estaríamos realmente yendo a la fuente.

–Así es –dijo Mark– pero, aunque parece muy sencillo de aplicar, resulta muy difícil movilizar a las instituciones pedagógicas correspondientes para que incluyan estos temas en sus programas. No conozco ninguna universidad de Estados Unidos que enseñe a los maestros el desarrollo emocional y social de los niños antes de que puedan hacerse cargo de un aula. Y debo insistir en que ésta me parece una de las principales deficiencias de la política educativa.

Tanto en Estados Unidos como en muchos otros países del mundo desarrollado –dije entonces, abordando el tema desde otra perspectiva existe la creciente sensación de que hay algo que no funciona, especialmente en lo relativo al desarrollo infantil. Éste es otro motivo importante para introducir cambios en el sistema educativo. Hace un mes que un maestro de Littleton (Colorado) me pidió que fuera a hablar ante la asociación estatal de directores de escuela.

Yo había hablado con el Dalai Lama sobre el trágico incidente de la Columbine School de Littleton, donde un par de alumnos asesinaron a un profesor y a doce de sus compañeros, antes de acabar suicidándose de un tiro.

–Lamentablemente, sin embargo, este tipo de incidentes son cada vez más frecuentes, y, en consecuencia, los educadores están cada vez más predispuestos al cambio. Muchos de los programas de aprendizaje emocional y social se implantan con el objetivo de prevenir la violencia, pero, como usted señala, si queremos educar emocionalmente a los niños, debemos hacerlo en un clima amable, de modo que es imprescindible que los maestros reciban este tipo de instrucción.

–Yo también me muevo en el mundo académico –dijo Alan y he constatado la presencia de la misma resistencia al cambio. El reto consiste en que nosotros mismos –estaba a punto de decir "ellos"– deberíamos esforzarnos en ser mejores personas, en ser más altruistas, etcétera, o, dicho de otro modo, en que el cambio debe comenzar con los maestros. La gente no se resiste a la idea de que la sociedad deba cambiar, sino a aceptar que son ellos mismos quienes deben de hacerlo. Es como si hubiera una inercia y un miedo que nos llevase a pensar: "Es demasiado difícil... No creo que pueda hacerlo... Tal vez sirva para escribir libros, pero ¿serviré para otra cosa? Puede que no".

El cristianismo, el judaísmo y hasta la ciencia –añadió Alan no parecen creer que podamos cambiarnos a nosotros mismos desde el interior. Nosotros solemos creer que los cambios siempre proceden del exterior. En el caso de la tradición judeocristiana. El cambio proviene de la bendición de Dios o de la gracia mientras que, desde la perspectiva de la ciencia, procede de los fármacos o de la terapia genética, por ejemplo.

–Yo creo –dijo Richie, desde una perspectiva más optimista que este es un caso en el que el modelado –incluido, por cierto, en el programa de Mark– constituye una forma muy poderosa de aprendizaje. Pensemos en lo interesante que sería que cada escuela dispusiera de un maestro cuya conducta ejemplificase el amor y la compasión.

Entonces pensé que, en las escuelas, existen muchos maestros de este tipo que, lamentablemente, no son considerados como un modelo. Lo que necesitamos, por tanto, es alentar esas actitudes en los maestros que no las posean y el apoyo institucional necesario para llevar a cabo este proceso.

Richie sugirió, entonces, que el hecho de utilizar a esos maestros como modelo para alentar la compasión del alumnado abriría una puerta a la esperanza en el mundo educativo.

–Los primeros pasos deben ser muy pequeños, pero el modelado puede acabar catalizando el cambio.

–Éste me parece un comentario lo suficientemente positivo –dije entonces– como para concluir con él nuestra sesión de hoy.

Al finalizar el día, el Dalai Lama me dijo que estaba muy contento con lo que había escuchado acerca de la educación emocional, que coincidía perfectamente con su propio análisis del significado profundo de la “educación" y que el aprendizaje mental y emocional deberían formar parte integral de cualquier programa educativo.

CONTINUARÁ….

2 comentarios:

Omary dijo...

QUE INTERESANTE Y PEDAGOGICO ESTE ARTICULO, OJALA QUE TODOS LOS MAESTROS DEL MUNDO LO LEYERAN Y LO APLICARAN EN EL AULA. FUI EDUCADORA DURANTE 36 AÑOS Y POR EXPERIENCIA LES PUEDO DECIR QUE UNA ACTITUD POSITIVA ANTE SUS ESTUDIANTES LES ASEGURA EL EXITO EN SU TRABAJO. LA AMABILIDAD, EL RESPETO, LA TOLERANCIA, EL COLOCARSE EN LOS ZAPATOS DE LOS OTROS,LOS HACE MEJORES PERSONAS TANTO A ESTUDIANTES COMO A LOS MAESTROS. YO TRABAJE EN UN COLEGIO OFICIAL Y PUDE COMPROBAR LA VIOLENCIA QUE ELLOS VIVEN EN SUS HOGARES Y LLEGAN AL COLEGIO CARGADOS DE EMOCIONES NEGATIVAS Y SI UNO COMO MAESTRA NO LOS ENTIENDE,O NO TRATA DE COMPRENDERLOS QUE PODEMOS ESPERAR? VIOLENCIA CREA MAS VIOLENCIA. INVITO A TODOS LOS MAESTROS A SER MAS CONSCIENTES DE SU LABOR DE EDUCADORES.

Alexiis dijo...

Gracias Omary tu comentario me indica que valió la pena el esfuerzo de subir el libro.
Con amor, Alexiis